Por Eduardo Mesa
(Publicado en el Suplemento "En Comunión" de la Voz Católica)
Hoy se celebra la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, recuerdo que en un día así me levantaba muy temprano y caminaba hasta la Catedral de La Habana, mi parroquia, para preparar las cosas y ultimar todos los detalles de una gran celebración. En un día así es inevitable que recuerde a mi amigo el P. Salvador Riverón, que se paraba en el atrio para ver si estaban los bancos y candelabros en perfecta simetría, si la raída alfombra no dejaba escapar una curva. Un santo celoso de la geometría y de la Iglesia como de una novia, un obispo que muere joven y nos deja con el amargo sabor de la horfandad.
Cuando llegué a la Catedral tenía dieciseis años y se acababa de celebrar el ENEC, es un recuerdo vago porque a veces me parece que fue un poco antes. No era el lugar que un joven escogería, iba muy poca gente y la mayoría eran esas viejitas que se han ido, poquito a poco, como caen los pétalos. Fueron esas señoras las que no se arredraron ante las bestias, ellas me regalaban un rosario, una estampa, que rezaban, y a mí rezar me parecía una pérdida de tiempo, pero ellas sabían que el tiempo de Dios es otro, y rezaban por mí.
Allí crecí, crecimos, un grupo que nunca fue grande y que fue bueno, que intentaba crecer en un ambiente de socialismo eterno, en una noche oscura. Recuerdo aquellas tardes de sillón con el parróco adusto, hablando de mil cosas que nos llevaban inexorablemente al tema de la Verdad, a la urgencia de la búsqueda, al Misterio, y después de tanta hondura yo seguía siendo el mismo, con las mismas heridas, y metía la pata ( y la meto) pero puede la gota de agua horadar la roca y hacerle al menos una pequeña marca. Me ha quedado de aquellas tardes la alegría del descubrimiento: existía otro mundo, yo podía ser.
Ser en Cuba, existir en Cuba, y luego descubro que es difícil en todas partes, pero si lo logras allí nadie, nada podrá. Sufrirás el anonimato, la indiferencia, la soledad y todo lo que ronda cualquier exilio; pero nadie, nada me puede quitar que respire profundo y diga: estoy aquí mi Dios, ante ti.
Hoy trabajé todo el día y me hubiera gustado ir a misa, hoy en la Catedral entonarán "Pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo de Dios, bendice a tu Señor" y el turiferario esparcirá el incienso, y recuerdo que el Padre Salvador tenía guardado una cajita de incienso del Monte Athos para las grandes celebraciones, y se enojaba si lo ponían en una celebración ordinaria pero nunca se enojó tanto como el día que nos robaron el Copón del Sagrario con el Santísimo. Qué enojo y desesperación en aquel hombre tan comedido, que no podía recuperar de la necedad lo que es Dios.
El día que supe de su nombramiento como obispo auxiliar de La Habana me alegré mucho, al mediodía fui a felicitarlo y estaba contento, tenía luz en el sereno rostro. Nunca olvidaré su consagración episcopal y esa sensación que aquello que estaba sucediendo era algo que debía ocurrir y ocurría para bien. No me atrevo a preguntarle a Dios por qué le llamó así, tan duro, tan pronto.
Unos días antes de su repentina enfermedad y muerte, en el Primer Encuentro Nacional de Comunicadores Católicos el Padre pronunció una conferencia titulada "La Cuestión de la Verdad" y sin quererlo, dejaba escrito su testamento intelectual. Recuerdo que le regalé un temprano ejemplar de la Veritatis Splendor (El brillo de la verdad), porque yo regresaba de España y en esos día el diario ABC la había publicado, Juan Pablo II y él coincidían en la misma obsesión. "Si la libertad se transforma en un absoluto, si no está referida y subordinada a la verdad, desaparece como libertad y se convierte en arbitrariedad absoluta (...) es el imperio de la fuerza... Esa necesidad de la verdad en relación con la conducta humana la quiso poner de relieve el Papa Juan Pablo II con [su encíclica] la Veritatis Splendor". Esas palabras, un brevísimo párrafo de su último esfuerzo pedagógico, las escuché mil veces, en el aula, el púlpito, y regresan a mi memoria con asentimiento, y tenía razón el párroco misericordioso, una razón que compruebo día a día y que me salva.
A veces sueño que estoy sentado en un banco de la Catedral en la tarde, cuando la luz cae desde los vitrales y se queda quieta en los bancos de caoba, va a comenzar la misa del martes o del jueves a las ocho, la misa de unos pocos y rezo al fin, como un día me enseñaron las viejitas, que no perdían el tiempo. Todos los días le rezo a mi amigo, a mi párroco, cuando salgo en el carro y me presigno casi siempre le digo: mira por los niños, que no sea nada la erupción, la fiebre, mira por nosotros, pon ante Dios estas cosas que me inquietan, que estemos bien, que no falte el trabajo, que se haga ( y ayúdame a aceptarlo) la voluntad de Dios.
jueves, 25 de diciembre de 2008
martes, 2 de diciembre de 2008
domingo, 30 de noviembre de 2008
jueves, 23 de octubre de 2008
lunes, 20 de octubre de 2008
De Córdoba a La Habana: los veintitrés años cubanos de la Madre Pilar
Por Teresa DovalpageEn La Habana de los ochenta, acudir a la Iglesia (católica o de cualquier otro tipo) no era precisamente bien mirado por las autoridades. No se consideraba "politically correct," vamos. Desde luego, los creyentes más valerosos declaraban su fe en voz alta. Otros la cuchicheaban. Yo, que de mártir no tengo madera, prefería reservármela...y pedía a Dios y a todos los santos que a nadie se le ocurriera interrogarme sobre el particular. Con disimulo acudía los domingos a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, la de Reina, pero mi preferida era la capilla del Convento del Servicio Doméstico, como se conocía a la casa de las Religiosas de María Inmaculada, allá en El Cerro. Una capillita preciosa, con un jardín que, teniendo en cuenta las proporciones de nuestros patios habaneros, pasaba por un parque.
Y allá llegó la Madre Pilar Antibón, en marzo de 1984, como superiora de las Hijas de María Inmaculada. La Hermana Antonia, la Hermana Pelagia y un par de muchachas fuimos a recibirla al aeropuerto de La Habana. Nunca olvidaré la impresión que me causó esa religiosa alta y sonriente, de maneras suaves y firmes. Lo primero que dijo fue que no quería ser llamada Madre sino Hermana, como el resto de la congregación. "Todas somos hermanas," anunció. No sé si las religiosas la obedecerían, pero a mí siempre me gustó más llamarla Madre.
Cordobesa de nacimiento, la Madre Pilar no tardó en descubrir que hay mucho en común entre andaluces y cubanos...y no es sólo el hecho que nos comamos la mitad de las letras del alfabeto al hablar. Veintitrés años de su vida pasó en Cuba, catorce de ellos en La Habana, seis en Las Tunas y tres en Cienfuegos. Su objetivo principal, como superiora y hermana, fue el trabajo pastoral en la formación de jóvenes y adultos. Ahora la Madre Pilar ha regresado a España donde vive en Buitrago del Lozoya, un pueblo encantador situado a setenta y cinco kilómetros de Madrid. Pero ella no ha olvidado sus años cubanos y accedió amablemente a esta entrevista.
TD: ¿Cómo fueron sus primeros pasos en la vida religiosa?
MP: Me eduqué en el Colegio de las Religiosas Escolapias y mi primera idea al recibir la llamada del Señor fue ingresar en esa Congregación. Pero después conocí la obra de las sirvientas fundada por Santa Vicenta María y vi claro que el Señor me llamaba a ser Religiosa de María Inmaculada. Entré en la Congregación el 15 de mayo de 1955.
TD: Si le pidieran escoger un momento particular de su estancia cubana que recordaría siempre, ¿cuál sería éste y por qué?
MP: Recuerdo como un momento muy especial, la visita del Papa Juan Pablo II. Creo que para todo el pueblo cubano, igual que para mí, fueron unos días inolvidables. También recuerdo los días que se celebró el E N E C, Encuentro Nacional Eclesial Cubano. Fueron días hermosos, en los que aprendí a conocer y amar más a la Iglesia de Cuba. Otro acontecimiento que recuerdo fue la venida a Cuba de las Hermanas Misioneras con la Beata Madre Teresa de Calcuta, a quien tuvimos el honor de hospedar en nuestra casa del Cerro.
TD: Una frase que se decía (bueno, y se dice) con frecuencia en la isla es "no es fácil." Ya es un lugar común que las dificultades de todo orden son parte inseparable de la vida cotidiana en Cuba. Por su trabajo pastoral, que la ponía en contacto continuo con la gente de a pie, usted conoció de estas dificultades y probablemente experimentó algunas de ellas en carne propia. ¿Cómo ayudaban a paliar las Hijas de María Inmaculada estas necesidades?
MP: Hubo un momento difícil que fue el llamado "periodo especial". Nosotras procuramos ayudar a todo el que acudía a nosotras, sobre todo en alimentos, ropa y medicamentos, según nuestras posibilidades.
TD: Madre, ahora me acuerdo de aquellos bolsos de leche en polvo y de las bandejas de picadillo que repartían...los regalos de fin de año que se daban en el teatro, todos de cosas útiles. También de la ropa que llegaba de donaciones. A mí me tocó una vez un pantalón a rayas azules y blancas que me quedaba pintado....Curiosamente, los momentos más álgidos del "período especial" fueron también testigos de una mayor asistencia de fieles a las iglesias. ¿Cómo se las arreglaban las hermanas para llevar la palabra de Dios a todo ese rebaño que les entró súbitamente por las puertas?
MP: En La Habana, en nuestra hermosa Iglesia, atendíamos espiritualmente a todo el que venía sin exclusión de personas. Las Hermanas daban la Catequesis por grupos, tanto a los adultos, como a jóvenes, adolescentes y niños; también ahora se sigue esta hermosa tarea porque forma parte de nuestro Carisma congregacional.
TD: El futuro de la Iglesia, tanto cubana como universal, descansa en la continuidad de vocaciones. ¿Cómo valora usted el estado de las vocaciones, tanto femeninas como masculinas, en la Iglesia Católica cubana?
MP: Hoy hay lo que llamamos crisis vocacional. Siempre hay jóvenes que llamadas por Dios, piden ingresar en la Vida Religiosa y en el sacerdocio, pero no tantas como se necesitan.
TD: Háblenos específicamente de la Congregación. ¿Con cuántas religiosas cubanas cuentan actualmente?
MP: De las religiosas que tenemos en nuestras cuatro casas de Cuba, siete son cubanas. Pero hay otras Hermanas cubanas que no están en Cuba actualmente.
TD: "Las chicas han triunfado" declaró la fundadora Vicente María al decidir que la misión fundamental de su congregación sería la acogida y formación de las jóvenes que dejaban sus casas para ir a trabajar en las ciudades. En Cuba, por razones ya conocidas, no les es permitido a las Hermanas dedicarse a labores educativas y el convento del Cerro ha sido convertido en asilo de ancianas. Sin embargo, la presencia de "las chicas" ha sido una constante en las casas de la congregación. ¿Cómo se las han arreglado para seguir los dictados de su fundadora en su misión cubana?
MP: Nuestras Casas siempre están abiertas, como dije anteriormente, para ayudar a quien nos necesita. Así hemos podido dar acogida y hemos ayudado a las jóvenes que nos han necesitado. El Carisma se lleva en el corazón y cuando se desea hacer el bien, cumpliendo el Mandato del Señor, de amarse unos a otros, no hay nada insuperable.
TD: Entre los cientos, o quizás miles de cubanos que usted conoció durante su estancia en la isla, ¿a cuál calificaría de personaje inolvidable y por qué?
MP: Podría nombrar muchas personas inolvidables, yo diría que para mí es inolvidable todo el pueblo cubano. Pero le doy un nombre con el que creo estarán de acuerdo muchos cubanos: es el Padre José Manuel Miyares S. J. Explicar por qué, creo no es necesario sobre todo para los que lo conocieron, tanto como persona, como sacerdote y amigo de todos.
¡Gracias, Madre Pilar, por tan lindas palabras! Ojalá que esta entrevista traiga a todos los que la conocieron el amable recuerdo de su persona...
(En la foto, la Madre Pilar, al fondo, la más alta, rodeada de las hermanas de la Casa de La Habana y de la sobrinita de las hermanas Pelagia y Lucía.)
Teresa Dovalpage: (La Habana, 1966) actualmente vive en Estados Unidos y tiene un doctorado en literatura latinoamericana por la Universidad de Nuevo México. Ha publicado las novelas A Girl like Che Guevara (2004, Soho Press), Posesas de La Habana (2004, PurePlay Press) y Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, 2006; finalista del premio Herralde). Sus artículos y cuentos, en inglés y español, han aparecido en Hispanic Magazine, Latina Style, Hispanic Culture Review, Rosebud, Latino Today, El Nuevo Herald, Revista Baquiana y Replicante, entre otras publicaciones. Su página web es
http://www.dovalpage.com/espanol.html
jueves, 2 de octubre de 2008
domingo, 28 de septiembre de 2008
viernes, 19 de septiembre de 2008
sábado, 13 de septiembre de 2008
El mártir de la Caridad
PorJulio Estorino
Tenía 17 años y se llamaba Arnaldo Socorro Sánchez. Había nacido en Unión de Reyes, un pequeño pueblo de los llanos matanceros y desde hacía cinco años vivía en La Habana, adonde la familia había se había mudado en busca de mejores horizontes. Rubio, apuesto, de mirada clara y honda, el muchacho vivía la hermosa fe de los humildes. Era miembro de la Juventud Obrera Católica y, a la par que trabajaba para ayudar a la economía familiar, estudiaba, gracias a una beca, en la Escuela Electromecánica del Colegio de Belén.
Sus padres, Gregorio y Carlota, habían sabido inculcarle los valores firmes de los que, siendo muy pobres, son, a la vez, muy íntegros. –"Voy al cine" le dijo a la madre para no preocuparla, aquel domingo 10 de septiembre de 1961.
Pero no fue al cine. Fue a la iglesia de La Caridad, en el corazón de La Habana, desde donde debía partir aquella tarde una procesión con la imagen de la virgen patrona de los cubanos… una procesión con ribetes singulares.
Corrían días de severas confrontaciones entre la dictadura castrista y la Iglesia Católica. La persecución religiosa no conocía las púdicas sutilezas que vendrían después y los obispos de aquella época advertían visionariamente sobre los avances del marxismo, encarnando las más legítimas aspiraciones de un creciente sector de la población que, desengañado del fidelismo, trataba de detener el total despojo de la nación cubana.
Destruidas todas las instituciones del país y controlados por el gobierno todos los medios de difusión, la Iglesia se había convertido en el último reducto de la libertad, como si ésta regresara totalmente a su origen, Dios.
En tales circunstancias, aquella no podía ser una procesión cualquiera. Inevitablemente, la fe se identificaba con el rechazo al sistema ateo que se imponía en Cuba a sangre y fuego y tanto el gobierno como el pueblo sabían que la manifestación religiosa sería también un termómetro de los sentimientos populares respecto al régimen que, aparentemente, temía no salir muy bien de la prueba.
A eso de las dos de la tarde el templo y sus alrededores reventaban de público, cuando el entonces Obispo Auxiliar de La Habana, Monseñor Eduardo Boza Masvidal, que era también párroco de La Caridad, anunció que el gobierno había retirado el permiso para la procesión y, previendo un inevitable enfrentamiento, pidió a los fieles que regresaran a sus hogares. Los fieles, sin embargo, no se fueron. Tal vez entendían que, en aquellos momentos, la casa de la Madre era el único hogar.
Eduardo de la Fuente estaba allí, junto al muchacho rubio a quien no conocía, y nos lo cuenta: …"la situación estaba caliente… los milicianos nos rodeaban y comunistas vestidos de civil trataban de infiltrarse entre los católicos… nosotros tratábamos de mantener la calma sin renunciar a nuestros derechos… El tiempo transcurría y la multitud crecía… Vi allí a un militar que se arrancó sus galones y entró a la iglesia a rezar… Un ómnibus se detuvo frente al templo y el chofer dijo a los pasajeros: "Señores, todos somos cubanos. Vamos a la procesión"… Todos se bajaron dando vivas a Cristo Rey… Un negro se enfrentaba a un miliciano y le gritaba: "¡Mátame, maric… que yo quiero ser el primero en caer, para que no se diga que los negros somos ñángaras!"…
-"Comenzaba a oscurecer –sigue contando Eduardo de la Fuente- y la tensión se hacía inaguantable. Aquel muchacho, Arnaldo Socorro, se hizo de un cuadro de la Virgen de la Caridad y lo elevó en sus manos… lo seguimos, pretendimos salir hacia la calle Reina, pero los castristas nos repelieron a puro golpe… regresamos y nos reagrupamos. En una esquina de la iglesia, un hombre fuerte, de pull-over y pantalón verdeolivo, portando una metralleta checa, abrió fuego…
-"Arnaldo cayó al suelo manando abundante sangre… lo recogimos y corrimos con él. En un automóvil lo llevamos a la Casa de Socorros de Corrales, donde lo dejamos… Se tomó la decisión de que procesión continuaría, porque ya entonces nos comprometía la sangre de aquel muchacho… Partimos nuevamente… En el Prado nos echaron encima los camiones militares y ya por el Capitolio se atrincheraron y comenzaron a disparar… Milagrosamente no hubo más muertos… Regresamos a la iglesia con el cuadro de la Virgen que Arnaldo había enarbolado"…
Eduardo de la Fuente se conmueve todavía ante el recuerdo de aquel día. Y se indigna todavía al recordar lo que vino después: el gobierno se apropió del cadáver de Arnaldo, el joven militante de la Acción Católica. Sus medios de prensa dijeron que se trataba de un joven revolucionario que había tratado de detener la manifestación de los "esbirros con sotana" y que había sido asesinado desde el interior de la iglesia por el padre Agnelio Blanco, quien, a la sazón, se encontraba en Isla de Pinos. Al tratar de protestar, los familiares del mártir fueron tajantemente advertidos: -"El muerto es de ustedes, pero el entierro es nuestro". Y así fue. Le rindieron honores de combatiente caído en combate y un dirigente comunista, Jesús Soto, despidió el duelo con un encendido discurso revolucionario cuajado de falsedades.
Aquel joven cubano fue despojado no solamente de su vida, sino también de su identidad católica. La verdad se supo, de boca en boca, y Cuba se estremeció de dolor. Siete días más tarde el obispo Boza Masvidal y 130 sacerdotes más, serían expulsados de la isla a punta de fusil. Ahora, tantos años después, es justo que esa verdad se divulgue ampliamente y que la memoria de aquel joven católico que ofrendó su vida a los pies de la Santísima Virgen María de la Caridad del Cobre, en testimonio de fe y de amor patrio, sea debidamente desagraviada. En estos días en que honramos de forma especial a la Virgen Mambisa, Arnaldo estará también, sin duda, orando por Cuba.
********************************************
El domingo 14 de septiembre, a las 3:00 PM, en la Ermita de la Caridad, se ofrecerá una misa de acción de gracias por la vida de Arnaldo Socorro, tras la cual se develará una foto del mártir en el Salón Padre Félix Varela. Todos están invitados.
Tenía 17 años y se llamaba Arnaldo Socorro Sánchez. Había nacido en Unión de Reyes, un pequeño pueblo de los llanos matanceros y desde hacía cinco años vivía en La Habana, adonde la familia había se había mudado en busca de mejores horizontes. Rubio, apuesto, de mirada clara y honda, el muchacho vivía la hermosa fe de los humildes. Era miembro de la Juventud Obrera Católica y, a la par que trabajaba para ayudar a la economía familiar, estudiaba, gracias a una beca, en la Escuela Electromecánica del Colegio de Belén.
Sus padres, Gregorio y Carlota, habían sabido inculcarle los valores firmes de los que, siendo muy pobres, son, a la vez, muy íntegros. –"Voy al cine" le dijo a la madre para no preocuparla, aquel domingo 10 de septiembre de 1961.
Pero no fue al cine. Fue a la iglesia de La Caridad, en el corazón de La Habana, desde donde debía partir aquella tarde una procesión con la imagen de la virgen patrona de los cubanos… una procesión con ribetes singulares.
Corrían días de severas confrontaciones entre la dictadura castrista y la Iglesia Católica. La persecución religiosa no conocía las púdicas sutilezas que vendrían después y los obispos de aquella época advertían visionariamente sobre los avances del marxismo, encarnando las más legítimas aspiraciones de un creciente sector de la población que, desengañado del fidelismo, trataba de detener el total despojo de la nación cubana.
Destruidas todas las instituciones del país y controlados por el gobierno todos los medios de difusión, la Iglesia se había convertido en el último reducto de la libertad, como si ésta regresara totalmente a su origen, Dios.
En tales circunstancias, aquella no podía ser una procesión cualquiera. Inevitablemente, la fe se identificaba con el rechazo al sistema ateo que se imponía en Cuba a sangre y fuego y tanto el gobierno como el pueblo sabían que la manifestación religiosa sería también un termómetro de los sentimientos populares respecto al régimen que, aparentemente, temía no salir muy bien de la prueba.
A eso de las dos de la tarde el templo y sus alrededores reventaban de público, cuando el entonces Obispo Auxiliar de La Habana, Monseñor Eduardo Boza Masvidal, que era también párroco de La Caridad, anunció que el gobierno había retirado el permiso para la procesión y, previendo un inevitable enfrentamiento, pidió a los fieles que regresaran a sus hogares. Los fieles, sin embargo, no se fueron. Tal vez entendían que, en aquellos momentos, la casa de la Madre era el único hogar.
Eduardo de la Fuente estaba allí, junto al muchacho rubio a quien no conocía, y nos lo cuenta: …"la situación estaba caliente… los milicianos nos rodeaban y comunistas vestidos de civil trataban de infiltrarse entre los católicos… nosotros tratábamos de mantener la calma sin renunciar a nuestros derechos… El tiempo transcurría y la multitud crecía… Vi allí a un militar que se arrancó sus galones y entró a la iglesia a rezar… Un ómnibus se detuvo frente al templo y el chofer dijo a los pasajeros: "Señores, todos somos cubanos. Vamos a la procesión"… Todos se bajaron dando vivas a Cristo Rey… Un negro se enfrentaba a un miliciano y le gritaba: "¡Mátame, maric… que yo quiero ser el primero en caer, para que no se diga que los negros somos ñángaras!"…
-"Comenzaba a oscurecer –sigue contando Eduardo de la Fuente- y la tensión se hacía inaguantable. Aquel muchacho, Arnaldo Socorro, se hizo de un cuadro de la Virgen de la Caridad y lo elevó en sus manos… lo seguimos, pretendimos salir hacia la calle Reina, pero los castristas nos repelieron a puro golpe… regresamos y nos reagrupamos. En una esquina de la iglesia, un hombre fuerte, de pull-over y pantalón verdeolivo, portando una metralleta checa, abrió fuego…
-"Arnaldo cayó al suelo manando abundante sangre… lo recogimos y corrimos con él. En un automóvil lo llevamos a la Casa de Socorros de Corrales, donde lo dejamos… Se tomó la decisión de que procesión continuaría, porque ya entonces nos comprometía la sangre de aquel muchacho… Partimos nuevamente… En el Prado nos echaron encima los camiones militares y ya por el Capitolio se atrincheraron y comenzaron a disparar… Milagrosamente no hubo más muertos… Regresamos a la iglesia con el cuadro de la Virgen que Arnaldo había enarbolado"…
Eduardo de la Fuente se conmueve todavía ante el recuerdo de aquel día. Y se indigna todavía al recordar lo que vino después: el gobierno se apropió del cadáver de Arnaldo, el joven militante de la Acción Católica. Sus medios de prensa dijeron que se trataba de un joven revolucionario que había tratado de detener la manifestación de los "esbirros con sotana" y que había sido asesinado desde el interior de la iglesia por el padre Agnelio Blanco, quien, a la sazón, se encontraba en Isla de Pinos. Al tratar de protestar, los familiares del mártir fueron tajantemente advertidos: -"El muerto es de ustedes, pero el entierro es nuestro". Y así fue. Le rindieron honores de combatiente caído en combate y un dirigente comunista, Jesús Soto, despidió el duelo con un encendido discurso revolucionario cuajado de falsedades.
Aquel joven cubano fue despojado no solamente de su vida, sino también de su identidad católica. La verdad se supo, de boca en boca, y Cuba se estremeció de dolor. Siete días más tarde el obispo Boza Masvidal y 130 sacerdotes más, serían expulsados de la isla a punta de fusil. Ahora, tantos años después, es justo que esa verdad se divulgue ampliamente y que la memoria de aquel joven católico que ofrendó su vida a los pies de la Santísima Virgen María de la Caridad del Cobre, en testimonio de fe y de amor patrio, sea debidamente desagraviada. En estos días en que honramos de forma especial a la Virgen Mambisa, Arnaldo estará también, sin duda, orando por Cuba.
********************************************
El domingo 14 de septiembre, a las 3:00 PM, en la Ermita de la Caridad, se ofrecerá una misa de acción de gracias por la vida de Arnaldo Socorro, tras la cual se develará una foto del mártir en el Salón Padre Félix Varela. Todos están invitados.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)