Por Eduardo Mesa
(Publicado en el Suplemento "En Comunión" de la Voz Católica)
Hoy se celebra la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, recuerdo que en un día así me levantaba muy temprano y caminaba hasta la Catedral de La Habana, mi parroquia, para preparar las cosas y ultimar todos los detalles de una gran celebración. En un día así es inevitable que recuerde a mi amigo el P. Salvador Riverón, que se paraba en el atrio para ver si estaban los bancos y candelabros en perfecta simetría, si la raída alfombra no dejaba escapar una curva. Un santo celoso de la geometría y de la Iglesia como de una novia, un obispo que muere joven y nos deja con el amargo sabor de la horfandad.
Cuando llegué a la Catedral tenía dieciseis años y se acababa de celebrar el ENEC, es un recuerdo vago porque a veces me parece que fue un poco antes. No era el lugar que un joven escogería, iba muy poca gente y la mayoría eran esas viejitas que se han ido, poquito a poco, como caen los pétalos. Fueron esas señoras las que no se arredraron ante las bestias, ellas me regalaban un rosario, una estampa, que rezaban, y a mí rezar me parecía una pérdida de tiempo, pero ellas sabían que el tiempo de Dios es otro, y rezaban por mí.
Allí crecí, crecimos, un grupo que nunca fue grande y que fue bueno, que intentaba crecer en un ambiente de socialismo eterno, en una noche oscura. Recuerdo aquellas tardes de sillón con el parróco adusto, hablando de mil cosas que nos llevaban inexorablemente al tema de la Verdad, a la urgencia de la búsqueda, al Misterio, y después de tanta hondura yo seguía siendo el mismo, con las mismas heridas, y metía la pata ( y la meto) pero puede la gota de agua horadar la roca y hacerle al menos una pequeña marca. Me ha quedado de aquellas tardes la alegría del descubrimiento: existía otro mundo, yo podía ser.
Ser en Cuba, existir en Cuba, y luego descubro que es difícil en todas partes, pero si lo logras allí nadie, nada podrá. Sufrirás el anonimato, la indiferencia, la soledad y todo lo que ronda cualquier exilio; pero nadie, nada me puede quitar que respire profundo y diga: estoy aquí mi Dios, ante ti.
Hoy trabajé todo el día y me hubiera gustado ir a misa, hoy en la Catedral entonarán "Pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo de Dios, bendice a tu Señor" y el turiferario esparcirá el incienso, y recuerdo que el Padre Salvador tenía guardado una cajita de incienso del Monte Athos para las grandes celebraciones, y se enojaba si lo ponían en una celebración ordinaria pero nunca se enojó tanto como el día que nos robaron el Copón del Sagrario con el Santísimo. Qué enojo y desesperación en aquel hombre tan comedido, que no podía recuperar de la necedad lo que es Dios.
El día que supe de su nombramiento como obispo auxiliar de La Habana me alegré mucho, al mediodía fui a felicitarlo y estaba contento, tenía luz en el sereno rostro. Nunca olvidaré su consagración episcopal y esa sensación que aquello que estaba sucediendo era algo que debía ocurrir y ocurría para bien. No me atrevo a preguntarle a Dios por qué le llamó así, tan duro, tan pronto.
Unos días antes de su repentina enfermedad y muerte, en el Primer Encuentro Nacional de Comunicadores Católicos el Padre pronunció una conferencia titulada "La Cuestión de la Verdad" y sin quererlo, dejaba escrito su testamento intelectual. Recuerdo que le regalé un temprano ejemplar de la Veritatis Splendor (El brillo de la verdad), porque yo regresaba de España y en esos día el diario ABC la había publicado, Juan Pablo II y él coincidían en la misma obsesión. "Si la libertad se transforma en un absoluto, si no está referida y subordinada a la verdad, desaparece como libertad y se convierte en arbitrariedad absoluta (...) es el imperio de la fuerza... Esa necesidad de la verdad en relación con la conducta humana la quiso poner de relieve el Papa Juan Pablo II con [su encíclica] la Veritatis Splendor". Esas palabras, un brevísimo párrafo de su último esfuerzo pedagógico, las escuché mil veces, en el aula, el púlpito, y regresan a mi memoria con asentimiento, y tenía razón el párroco misericordioso, una razón que compruebo día a día y que me salva.
A veces sueño que estoy sentado en un banco de la Catedral en la tarde, cuando la luz cae desde los vitrales y se queda quieta en los bancos de caoba, va a comenzar la misa del martes o del jueves a las ocho, la misa de unos pocos y rezo al fin, como un día me enseñaron las viejitas, que no perdían el tiempo. Todos los días le rezo a mi amigo, a mi párroco, cuando salgo en el carro y me presigno casi siempre le digo: mira por los niños, que no sea nada la erupción, la fiebre, mira por nosotros, pon ante Dios estas cosas que me inquietan, que estemos bien, que no falte el trabajo, que se haga ( y ayúdame a aceptarlo) la voluntad de Dios.
jueves, 25 de diciembre de 2008
martes, 2 de diciembre de 2008
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