jueves, 10 de diciembre de 2009
miércoles, 11 de noviembre de 2009
miércoles, 29 de julio de 2009
Conmemorando los 100 años del natalicio del Padre Pastor González Sch P
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miércoles, 22 de julio de 2009
jueves, 16 de julio de 2009
Se retiran los 2 últimos misioneros canadienses de Cuba
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lunes, 29 de junio de 2009
lunes, 15 de junio de 2009
sábado, 23 de mayo de 2009
martes, 31 de marzo de 2009
viernes, 20 de marzo de 2009
miércoles, 25 de febrero de 2009
viernes, 30 de enero de 2009
martes, 13 de enero de 2009
Evelio García ha celebrado su Pascua

Por: Diácono Ángel Álvarez
La Habana , enero 8 : La Comisión de Misión y Apostolado Bíblico, de esta Arquidiócesis de San Cristóbal de La Habana , ha perdido a uno de sus miembros más destacado y querido. Evelio García Quintero, Evelito, como le decíamos cariñosamente, ha partido al amanecer del día de hoy hacia la Casa del Padre. Contaba al morir 62 años, había nacido el 1 de junio de 1946, en el seno de una familia cristiana. Siendo un joven da sus primeros pasos en el seguimiento de Jesús. Se reúne en la Iglesia del Sagrado Corazón de Reina, invitado por el recordado Manuel García Gómez que nos dejara hace más tres años. Comienza para Evelio en aquellos lejanos días de la década de los 60 un caminar en la fe de Jesucristo.
Algunos años después conoce al ya fallecido P. Adolfo, antiguo hermano de La Salle , y en aquellos momentos párroco de Campo Florido, Barrera y encargado de otras comunidades: Bacuranao, La Gallega , Minas, Arango, etc. Evelio ya incursionaba por aquellos lugares, pero al conocer al P. Adolfo, éste le plantea la necesidad de catequistas para la localidad de Bacuranao que no tenía ninguno en aquel entonces. El acepta la invitación del P. Adolfo y comienza a visitar aquella localidad, donde el sacerdote viene una sola vez a la semana dice la misa y se va para atender a otras comunidades. Evelio comienza a acompañar a aquella comunidad, visita el pueblo, atrae a niños y adolescentes, conversa con los ancianos, visita la familia de los que tienen presos y a los enfermos, establece relaciones ecuménicas con algunos miembros de otras comunidades cristianas.
Durante más de 30 años ésa será su misión principal, todos los sábados parte muy temprano hacia el poblado de Bacuranao y regresa tarde en la noche a su casa en San Miguel del Padrón, al día siguiente da catequesis en su capilla de Juanelo, donde asistía a Misa todos los domingos sin perder uno. Evelio, desde el año 1996, es miembro de la Comisión de Misión, y miembro destacado, cooperando en todos los planes misioneros de la diócesis y aportando su gota de arena a la causa de la Evangelización. Siempre sin querer destacarse, sencillo como él era, y trabajando sin muy aspaviento.
En la Semana Santa del 2007 parte conmigo a ayudar a la comunidad de Quivicán, donde somos acogidos por aquella querida comunidad local. Se encarga de los niños, eran siempre sus preferidos, también atiende a los adolescentes que lo siguen en todo como su tuviera almíbar. Dios le dio ese carisma y supo explotarlo muy bien, él sabía que lo tenía.
A finales del 2007 se le detecta un liposarcoma en su pierna izquierda, comienza Cristo a padecer en su persona. Lo operan el 18 de enero de 2008 y la expectativa de vida es poca: un año y pico. Le dan de alta en el hospital el 16 de julio y parte para su casa y sabe lo que tiene, pero se pone en manos de Dios, y se apresta a luchar por la vida. A partir del 4 de septiembre la salud comienza a resquebrajarse, la herida de la operación de su pierna izquierda comienza a destilar sangrasa y mal olor, su hemoglobina cae y tiene que someterse a transfusiones, pide al Señor: Misericordia, pues me dice que no se atreve a pedir un milagro. Le digo, acepta la Voluntad de Dios y agárrate a Jesucristo y recuerda el Getsemaní. Evelio comienza a aceptar esa realidad y se dispone a subir al Calvario del sufrimiento sin cuento, unido al Maestro y Señor de su vida.
La muerte de todo cristiano nos debe hacer reflexionar a todos, pues Cristo también pasó por ella. ¿Qué hubo que Cristo no entregara por nosotros? ¿Con qué cosa se quedó Jesús en la cruz? Todo, absolutamente todo, lo dio por nosotros: su espíritu, su sangre, su perdón, sus vestidos, su Padre, hasta su propia madre y, cuando ya nada le quedaba, dio hasta el último aliento de vida que le restaba, entregándose a nosotros y por nosotros. En la cruz murió a todo lo que el mundo ofrece como camino fácil y cómodo, dando así la prueba máxima del amor: entregar su propia vida por el amado. En el sufrimiento aprendió que la cruz es vida, no es muerte, sólo hace morir en nosotros todo aquello que no nos deja vivir como vivió Jesús, el Hijo de Dios.
Evelio aprendió también esta lección con su muerte. Y su Iglesia, no le falló; hasta el último momento estuvo pendiente de él desde su cabeza visible en la diócesis hasta el más sencillo de sus miembros, todos hicieron lo que estaba a su alcance y él lo sabía. Todos lo animaron con su oración diaria. Además, se preparó bien para el viaje hacia la Casa del Padre y las maletas las tenía bien listas.
Se puede decir que Evelio se gastó bien en la misión evangelizadora, esa que pide a gritos la Iglesia , en su Pastor Universal el Papa Benedicto XVI.
Sólo me resta decir parafraseando al libro bendito del Apocalipsis:
Evelio, ya no hay noche para ti, ya no tienes necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor, tu Dios, te alumbrará y reinarás por los siglos de los siglos. Amén. (Ap. 22, 5)
En memoria de Mons. Adolfo
Acompañamos esta noche los restos mortales de Monseñor Adolfo Rodríguez Herrera hasta el sitio donde reposarán definitivamente. No resulta gratuito que el sitio escogido para ello sea este: la Catedral de Camagüey, no sólo porque fue esta, durante cuatro décadas su sede episcopal, sino porque este templo, antes Parroquial Mayor de Puerto Príncipe, está estrechamente vinculado a la más entrañable y profunda historia de la Ciudad.
Monseñor Adolfo no había nacido en Camagüey, sino en Minas, pero aquí cumplió toda su ejecutoria episcopal y sirvió a esta Ciudad con tal desinterés y probidad que se convirtió en uno de los hijos más ilustres de su tiempo, aunque no recibiera por ello un nombramiento formal, que seguramente hubiera declinado, dada su proverbial modestia.
Es de justicia recordar que comenzó regir su sede en tiempos muy difíciles y que su prudencia, su talento diplomático y su voluntad conciliadora ayudaron a allanar muchísimos obstáculos en aquellos días de pasiones encontradas. Muy apegado a la letra evangélica supo dar al César lo que era del César y a Dios lo que a él le correspondía.
Fue hombre de diálogo sostenido, aún con aquellos que podían aparecer como adversarios suyos y supo trabajar con las autoridades en empeños comunes llevados a feliz término como sucedió en la preparación de la visita de Su Santidad Juan Pablo II a nuestra tierra. Más allá de estos horizontes, más de una vez fue excelente embajador de la Isla en las misiones que como Presidente de la Conferencia de Obispos de Cuba desempeñó en la Santa Sede, Washington, Madrid, Panamá, sitios en los que no sólo ganó excelentes amigos, sino en los que hizo conocer, amar y respetar esta tierra camagüeyana.
Mantuvo abiertas las puertas del obispado para todos los que querían ir a su encuentro, tanto para los ciudadanos más relevantes como para los más sencillos y desvalidos. Hombre culto y de amplias lecturas, prestó un mecenazgo muy poco conocido a varios intelectuales y artistas del territorio, a quienes abrió su corazón y su biblioteca con extrema generosidad. Era un conversador excepcional, quizá porque sólo hablaba lo necesario y dedicaba la mayor parte del tiempo a escuchar atentamente a sus visitantes.
La propia imagen de la Ciudad le debe mucho. A pesar de muchísimas limitaciones materiales dirigió la reparación y salvó para el culto los templos más antiguos de la localidad, considerados en algunos casos como ya perdidos, a él le debemos el que llegaran hasta hoy esta Catedral, la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced y Nuestra Señora del Carmen, sin olvidar otros muchos templos y capillas que hizo rehabilitar.
La caridad y el servicio a los necesitados fueron parte visible de su quehacer pastoral, a él se deben las gestiones para que retornaran a la Ciudad órdenes y congregaciones que colaborarían en la asistencia a los más necesitados como las Siervas de María y los hermanos de San Juan de Dios, así como la apertura del Hogar Padre Olallo con sus servicios de rehabilitación y proyectó un asilo de ancianos que no llegó a ver inaugurado. Discreto y sencillo a la hora de dar, gestionó en el mundo muchas donaciones de alimentos, medicamentos, equipamientos para hospitales, que entregó a las autoridades o al pueblo, sin hacer de ello noticia ni reclamar reconocimientos públicos.
Más allá de estos méritos visibles, sólo Dios sabe todo lo que hizo por esta Ciudad, cuantas cosas podríamos agradecerle pero que él prefirió hacer de manera callada y que sólo quienes le auxiliaron en ellas o fueron destinatarios de esa bondad podrían contar. Como la semilla de la parábola evangélica, él debió ocultarse en la tierra e irse deshaciendo para dar mucho fruto.
No es esta una ocasión de luto. Hombres como Monseñor Adolfo no son hijos que la Ciudad pierde, sino que los gana como ejemplos excepcionales para su historia. Camagüey, que no tuvo un Obispo Espada, puede decir, sin embargo, que tuvo a Adolfo Rodríguez. Depositamos hoy en un nicho su lado mortal, pero él nos acompaña en el caminar de esta Iglesia y en el del pueblo todo hacia los brazos abiertos del Padre. Unamos pues su feliz memoria a la frase del Apocalipsis: "Dichosos los que mueren en el Señor…porque sus obras los acompañan." (Ap 14,13).
miércoles, 7 de enero de 2009
Adiós Sor Seve
En la mañana del 5 de enero recibí la noticia, aunque la esperaba no he podido evitar la tristeza. Había fallecido a las 8:30 am en Villa Mazarello, ( Finca de Pealver) en La Habana, la salesiana espñaola Sor Severina Duque y Ercilla (Sor Seve).
Por largo tiempo luchó contra el cáncer y por las noticias que me llegaban casi a diario sufrió muchísimo.
Conocí a Sor Seve en 1970 cuando regresó a Cuba. Después de haber estado varios años en diferentes escuelas salesianas en Cuba se vio obligada a salir en 1961, gracias a su persistencia logró volver a entrar en 1970, desde esa fecha iniciamos una amistad que fue creciendo a través de los años y que se extendió a mi esposa e hijo.
Por muchos años Sor Seve animó la catequesis de mi comunidad, la Capilla (hoy parroquia) de Ntra Sra de la Medalla Milagrosa en Guanabacoa, además asistía semanalmente a la capilla de la Guadalupe, pequeña iglesia fundada por el P. Serafín Ajuria casi perdida en los 70. Sor Seve luchó contra viento y marea en esa capilla, sus feligreses eran un bando de niños sin camisa y zapatos que ella en vano trataba de domar y controlar, sobre todo durante las homilías de las misas. Por si fuera poco Sor Seve animaba a los adolescentes y la catequesis de la entonces Vicaría Regla-Guanabacoa.
En los últimos años estuvo en diferentes casas salesianas en Cuba y regresó durante su enfermedad a su querida Peñalver.
Afortunadamente no hace mucho pasó unos días en Miami , mi familia y yo pudimos compartir y recordar con ella tantos buenos momentos, le doy gracias al Señor por este encuentro.
Sor Seve fue un ejemplo de fe, siempre alegre y con una gran devoción a su Madre María Auxiliadora y a San Juan Bosco.
En la mañana de hoy, cuando asistía a misa en Miami -ya que no podía estar presente en su misa de funeral (presidida por el Cardenal Jaime Ortega)- sentí una gran tristeza ya que no pude acompañarla en sus últimos días. En algún momento de la misa mi actitud se convirtió en acción de gracias al Señor porque mi familia y yo tuvimos la suerte de compartir un tramo del camino con esta extraordianaria religiosa salesiana.
domingo, 4 de enero de 2009
Raúl Núñez CM, el buen sacerdote de La Merced
Mi hijo tenía entonces siete años. Edad de los primeros cuestionamientos existenciales, los miedos y las dudas; el por qué de la muerte y el mal. A pesar de mis explicaciones nunca quedaba conforme y las preguntas se iban haciendo más complejas. Un día, mientras me acompañaba en una de mis cotidianas estancias en la iglesia de la Merced, se acercó al padre “viejito” para contarle sus preocupaciones. Fue la primera de varias conversaciones que desde entonces mantuvo con el sacerdote Raúl Núñez. La primera de ellas fue suficiente para que se estableciera la comunicación. Desde entonces las pesadillas dejaron de visitarle.
El tiempo ha corrido de prisa. Mi hijo se convirtió en un joven. Raúl, el sacerdote, ya no está entre nosotros. Hace apenas unas semanas supimos de su muerte en La Habana. “Nuestro querido P. Raúl falleció este lunes 3 de noviembre a eso de las 6.40 de la tarde.” Así de escueta llegó la dura noticia. El 12 de diciembre cumpliría un aniversario de su ordenación sacerdotal y el 24 del mismo mes ascendería un nuevo peldaño en la escala de los noventa años vividos. Una neumonía complicada con otros padecimientos pudo vencer la fortaleza del recio anciano.
Son muchas las personas que extrañan la presencia del Padre Raúl. Confesor por excelencia, dedicaba una gran parte de su tiempo a recibir a todo el que visitaba el santuario capitalino. No concebía iglesias de puertas cerradas. Trataba de estar siempre disponible en los pasillos del viejo claustro donde se paseaba a deshoras y no ponía reparos en escuchar a quien se lo pidiera. Cariñosamente les llamaba los peregrinos de María.
Se mantuvo hasta el final de su vida en la Iglesia que tanto quiso. En el mismo barrio donde nació. Murió acompañado de sus hermanos de la Congregación para la Misión de San Vicente de Paúl, los pocos familiares que le sobreviven y los amigos que cultivó con tanta afabilidad y amor. Cuentan que desde las primeras horas de la madrugada en que su cadáver llegó al templo, este se mantuvo lleno. Centenares de fieles acudieron a las misas celebradas por el Nuncio Apostólico, el cardenal Jaime Ortega, junto a varios obispos, así como el clero secular y religioso.
Raúl Núñez LLorens solo tuvo una única ambición en su vida: servir en condición de hermano lego en la orden vicentina. Las circunstancias vividas en Cuba después de 1959 y la falta de clérigos le impulsaron a enfrentar el reto del sacerdocio. Para ello tuvo que estudiar a edad tardía, en la que algunos comienzan a pensar en el retiro. Tomar los libros de filosofía a los cincuenta implica mucho esfuerzo y dedicación. Llegar a la meta con buenos resultados denota vocación y voluntad. Guantánamo, San Luis, San Francisco en Santiago de Cuba y finalmente la Merced en La Habana Vieja, conocieron de esta entrega en el servicio a los hombres por amor a Cristo.
En una silla de ruedas, con una pierna artificial, casi sin vista y víctima de una severa diabetes, era el modelo vivo de una fe anunciada con fervor. Nada le impedía celebrar la misa con alegría. Los fieles gustaban de sus celebraciones. Comunicaba espiritualidad porque el Espíritu vivía en él. No gustaba hacer juicios condenatorios. Nadie recibió nunca una mala respuesta de su parte. Si algo le molestaba era la falta de caridad y la incomprensión hacia los demás. Otra cosa que no toleraba era la insensibilidad hacia las cosas de la iglesia.
De Raúl nos hablan las lámparas que engalana los 24 de septiembre en el templo habanero. También a él se vinculan muchas de las figuras talladas que pueblan los nichos de esa iglesia o la de San Francisco. El más reconocido de sus aportes quedó registrado en los anales de la música cubana. Su nombre está en el libro "El archivo de música de la iglesia habanera La Merced estudio y catálogo", de Mirian Escudero, premio Casa de las Américas en 1997 en musicología. El hallazgo de las partituras del compositor Esteban Salas (1725-1803), que Alejo Carpentier diera por perdidas, se debe a este humilde sacerdote, quien conservó lo que los especialistas consideran un valioso fondo de la historia musical cubana y del mundo.
Pero lo mejor de Raúl lo hablan los corazones. “…ha sido no sólo mi confesor por más de 20 años, sino que era mi real amigo, una persona con quien podía conversar, que me orientaba, me ayudaba, me consolaba. Con él se cierra toda una etapa de los Paúles en Cuba, y también de la Iglesia en la Isla. Ya tenemos otro intercesor en el cielo, oremos por su eterno descanso.” Es el sentir de la profesora Josefina Toledo. Para mi hijo dejó el recuerdo de su sabiduría y bondad serena que una mañana, hace años, le provocó el diálogo.
Vivimos en un mundo envuelto en una crisis que lo engloba todo. Desde lo económico hasta los valores fundamentales éticos y humanos. Cierta prensa no escatima espacios para presentar los desmanes cometidos por algunos sacerdotes y religiosos. Contrastando con el despliegue informativo de esas malas actitudes, se observa el más absoluto silencio sobre los buenos ejemplos. El de Raúl Núñez CM es uno de tantos.
Fuente: http://www.pdc-cuba.org/raul-nunez-cm.html


